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El booking de artistas en la era de los festivales

Tiempo estimado de lectura: 5 minutos

La situación actual es una mezcla de factores que están poniendo en jaque a las salas de conciertos, transformando el consumo de la música en directo en nuestro país y difuminando cada vez más la línea que separa la cultura del entretenimiento. Si es que esa línea ha existido alguna vez, claro.

1. La consolidación del modelo festivalero

Con casi un millar de eventos distribuidos a lo largo del año, nuestro país se ha convertido en la meca de los festivales gracias a una mezcla de precios bajos, sol, playa (no siempre), gastronomía y algunos factores propios de cada propuesta. El negocio es sencillo: atraer al público con nombres conocidos y tratar de hacer la mayor barra posible, cuyo ingreso en ocasiones supera al de la recaudación de tickets. Por eso hay festivales -no citemos nombres- que programan a algunas de sus bandas más potentes a primera hora y luego no dejan salir hasta la medianoche a riesgo de no poder volver a entrar, otros venden un ‘pack botellón’ con la entrada para hacer la competencia al Mercadona y otros ponen mil trabas a la hora de devolver el dinero cargado en el sistema de pago NFC. Por eso en España casi ningún festival programa en horario diurno: porque es mucho más rentable hacerlo por la noche cuando el público tiene ganas de fiesta. En este contexto, ¿qué importancia tiene la programación artística más allá de servir como reclamo para el mayor número de gente posible? De hecho nos podríamos preguntar: ¿es ‘artística’ la mejor palabra para definir este ejercicio de programación? Aún en los grandes festivales con cientos de conciertos, siempre hay unos cabezas de cartel que son quienes venden los tickets. ¿Qué festival se atrevería a programar únicamente las bandas pequeñas de las que presumen en su cartel?

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2. Las agencias de booking internacionales

Todos los artistas con una cierta proyección internacional, incluso aquellos que acaban de dar sus primeros pasos, centralizan su contratación a través de un booking agent que se encarga de recibir las ofertas, filtrar las mejores opciones y remitirlas al manager para decidir si se llevan a cabo. En el caso de Europa, todas las oficinas se concentran en Londres y los miles de artistas que giran cada año en nuestro continente forman parte de un mismo puñado de agencias: William Morris Entertainment, 13 Artists, ATC Live, Coda Agency, ITB, Primary Talent International, Creative Artists Agency, United Talent Agency y X-ray Touring.

Existe una norma no escrita pero –más o menos- sagrada en la industria: el promotor que contrata la primera gira en el país tendrá la exclusiva en las siguientes. Básicamente porque la primera es una pérdida de dinero y tiempo que se rentabilizará en los siguientes shows cuando la banda sea más conocida. Pues bien, la única excepción son los festivales. Cualquier booker de festival puede contactar libremente al agente de la banda y hacerle una oferta sin tener que pasar por su promotor en España. En algunos casos, el booking agent sí respetará esta relación, pero como esto implica pagar su comisión la realidad es que no pasa muy a menudo, sobre todo porque los fees que los artistas cobran en los festivales suelen ser mayores del caché de sala.

Así que muchas veces se da la situación de que un promotor trae a una banda, pierde dinero y muchísimo tiempo en ello para hacerla crecer, y cuando ya es conocida y los festivales la quieren deja de tocar en salas de manera que el promotor no vuelve a ver un euro. Y ojo: el promotor no es el único afectado, todos los fans de la banda lo son en cuanto que los grandes festivales cierran exclusividades con los artistas de incluso un año conforme no pueden hacer ningún concierto en x kilómetros a la redonda o directamente en toda España –para esto el cheque es aún mayor, claro-. ¿El resultado? Que no vas a volver a ver a esa banda en una sala de conciertos hasta que pase de moda… si es que llega el caso. Sad but true, como diría Metallica.

3. Los promotores

Antes hablar de ellos, hay que entender mínimamente cómo funciona la contratación: los artistas no tienen un fee concreto. Su caché depende de dónde actúen, cuánto público haya, el precio de los tickets, si hay algún patrocinador detrás, etc. de manera que su booking agent nunca nos dirá una cifra, sino: ‘haz una oferta’. Un ejercicio tan imposible de acertar como infalible para ellos: si nos quedamos cortos la desestimarán de un plumazo, si nos pasamos se meterán un dinero extra en el bolsillo.

Así que para ser promotor hay que combinar muchos factores: olfato para detectar la banda que va a explotar antes de que lo haga (y empiece a cobrar en consecuencia), buena relación con su agente para que nos dé preferencia frente al resto de ofertas, conocimiento del mercado local para no pillarnos los dedos con lo que pagamos de fee respecto a lo que vende ese artista en nuestro territorio, dominar las métricas de escuchas y promoción en redes sociales… hay que sopesar un número interminable de variables y aún así el factor suerte siempre va entrar en juego. De modo que al final muchos optan por asegurar el tiro y traer a las mismas bandas de siempre, que ya saben que venden x tickets y han hecho su promo en España y no hay que explicar casi nada. Son esos artistas que los fans de propuestas novedosas reciben con un caluroso: ¡¿otra vez?! en las redes sociales del festival cuando anuncian su cartel.

Esta necesidad de pujar por los artistas ha generado entre los promotores una competición entre los principales festivales de nuestro país, cuya consecuencia más directa es hinchar los precios de los artistas. Pero claro, si queremos cerrar un buen cartel (y especialmente si queremos cerrarlo pronto, para empezar a vender tickets) tenemos que entrar en la subasta con el dinero en la mano y lanzar ofertas sin pensarlo demasiado, teniendo en cuenta que competimos contra todas las propuestas de Europa que el agente centraliza desde Londres.

Así las cosas, el oficio de promotor está sujeto a tantos factores imponderables, que es casi imposible –por mucho presupuesto que tenga- conseguir el cartel que busca. Su trabajo es más parecido al escultor, que trabaja el material disponible hasta crear algo proporcionado y estético, que al del pintor que plasma pincelada a pincelada la imagen que tiene en su cabeza.

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4. El público (sí, también depende de ti)

Como dijo Van Morrison: “La música es espiritual. El negocio de la música no lo es.” A veces el público tiende a echar la culpa al sector, pero pese a que el panorama descrito anteriormente no es demasiado halagüeño, lo cierto es que al final el poder lo tiene –como siempre- aquel quien tiene el dinero. Y ése es el público, eres tú, somos nosotros (que por cierto nos acabamos de comprar entradas para ver a Luis Prado en Madrid, concierto recomendadísimo). ¿Quieres que tu banda preferida toque en tu ciudad? Compra entradas para conciertos de salas y fomentarás el circuito. ¿Quieres que la banda de tu colega se haga famosa? No le pidas invitaciones, cómprale un ticket o merchandising para que pueda seguir adelante. ¿Te parece caro un ticket de concierto de 15€? Más te gastaste en cervezas el finde pasado, tunante.

En definitiva, el auge de los festivales ha provocado cambios irreversibles en la industria musical que afectan desde el consumo por parte del público hasta el perfil de profesionales del sector que se han tenido que reinventar para hacer frente a los nuevos tiempos. Y también, claro está, han generado nuevas oportunidades para los promotores más despiertos. Ya lo dijo Bruce Dickinson hace 20 años: Be quick or be dead.

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