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¿Tiene sentido pegar carteles de conciertos en el siglo XXI?

Tiempo estimado de lectura: 3 minutos

 “¿En qué hotel se hospeda el artista?”

La pregunta me sorprendió, teniendo en cuenta que venía del departamento de Marketing, así que contesté añadiendo un ¿por qué? de coletilla.

“Para pegar los carteles alrededor, así el artista los ve y se queda contento porque apenas ha vendido tickets.

Ése fue mi primer contacto con el mundo de los carteles, cuando trabajaba en la logística de uno de los festivales de música con más repercusión internacional y solera de España. La anécdota no es anecdótica (de hecho es práctica común en muchas promotoras), porque ilustra la eterna pregunta que gravita en el mundo de la música en torno a los carteles promocionales: ¿quién demonios ve nuestra campaña? Y la respuesta -con algunos matices- es siempre la misma: ni la menor idea.

A3

En Barcelona existen algo más de 600 pirulís. Pero lo cierto es que no todos tienen la misma visibilidad -ni es el mismo perfil de público el que pasa por delante- por lo que los promotores siempre acabamos buscando un hueco en los mismos: el de la esquina del Razzmatazz (Almogavers con Pamplona), los del Forum en las fechas de los grandes festivales, los de las Ramblas y los de Plaza Catalunya cuando nuestro espectáculo tiene reclamo para turistas… y así, se crea una situación curiosa: en realidad no hace falta pegar muchos carteles, que se nos vea o no es una cuestión de orden. Si un mismo pegador organizara todos los carteles de la ciudad, con tiradas de 600 posters sería suficiente para estar presentes en todos los pirulís de Barcelona. Pero no es así, porque aparece alguien y nos tapa, y entonces hay que volver a pegar nuestro cartel encima, y entonces el otro hace lo mismo y acabamos pagando campañas de 5.000 carteles que salen muchísimo más caro para nosotros y también para el medio ambiente.

Posters

El otro formato más habitual, también en el resto de capitales españolas, son los carteles en formato A3, que están prohibidos en espacios públicos (semáforos, fachadas, etc) pero sí se permiten -siempre y cuando se cuente con su beneplácito- en comercios (laterales o cristaleras), cafés, salas de concierto, universidades, locales de ensayo y demás espacios privados. Obviamente la exposición es menor, pero los pegadores ya han elaborado circuitos específicos que permiten segmentar por público latino, ‘guiris’, cultural, etc.

La cartelería ha sido la forma tradicional de comunicar los shows al gran público desde su consolidación en las grandes ciudades a finales del siglo XIX, impulsada por artistas como Jules Chéret -considerado ‘el padre del cartel publicitario’-, Toulouse-Lautrec o Cassandre. Más tarde, en los años ’60 del siglo XX recibió un significativo impulso, de la mano de The Fillmore Auditorium y Bill Graham, quien colaboró con talentosos artistas locales para promocionar sus conciertos y crear piezas que hoy son preciados tesoros para cualquier coleccionista. Y precisamente ese componente artístico es el que ha vuelto a reivindicar la importancia del poster en la industria en los últimos años y que en nuestro país está representado por Error! Design, Münster Studio o Branca Studio.

Sin embargo, en el sentido práctico del promotor, hoy en día la mayoría de los carteles que se pegan en las calles  están más destinados a contentar a los patrocinadores o crear marca que a vender entradas. Por lo que la gran pregunta es: ¿sigue teniendo sentido? Ya lo dijo Pau Donés: depende. Básicamente de 2 factores:

  1. Si tu evento es masivo al nivel de un Guns’n’Roses, Ed Sheeran, Beyoncé, etc. entonces tiene sentido hacerlo (aunque la realidad es que esas giras suelen colgar el SOLD OUT antes de pegar un solo cartel). Hacer un cartel para una banda pequeña te hará sentir importante, pero lo cierto es que ya puedes hacer el mejor diseño del mundo que va a pasar desapercibido. Si pensabas que quizá la gente verá el cartel, apuntará el nombre de tu banda, buscará tu música en Spotify al llegar a casa, destinará su presupuesto en conciertos para una banda que acaba de conocer así de buenas a primeras y llenarás la sala… la respuesta es NO. Nadie lo hará. De nada.
  1. Si piensas que es atractivo para público extranjero que no se haya enterado del evento y sea susceptible de comprar la entrada, entonces tiene sentido. A veces no necesitas un gran reclamo artístico: hay festivales de electrónica que se llenan simplemente porque es un plan apetecible para un público amplio que busca diversión. Así que cúrrate un diseño bonito e implora que peguen tus carteles por el centro de la ciudad, si lo consigues algunos tickets venderás seguro: a los ‘guiris’ les cuesta mucho menos sacar la cartera que a nosotros.


En resumen

Algo similar a la revolución del marketing digital sucedió en los años ‘20 con la popularización de nuevos medios de comunicación (revistas, radio y tv). Por aquel entonces parecía que los tiempos de cartel habían acabado, ya que estos nuevos formatos eran menos invasivos en la vía pública y permitían una primitiva segmentación de la audiencia. Pero en los años ‘60, como hemos visto, vivimos el renacer y una segunda “edad de oro” del cartel. Así que aunque el marketing digital se haya convertido en la principal herramienta de promoción de giras y espectáculos, parece que el diseño de carteles está más vivo que nunca en el sector de la música (y si no que se lo digan a Foo Fighters o Metallica, que siguen haciendo su poster original en cada ciudad) y su presencia en nuestras calles seguirá alegrándonos el día cuando descubrimos el concierto de una banda que nos gusta.

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